Pope Benedict XVI Apostolic visit to Brescia {Italy} 2009

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Pope Benedict XVI Apostolic visit to Brescia {Italy} 2009

Postby Sonia » Sun Mar 04, 2012 6:15 pm

Pope Benedict XVI Apostolic visit to Brescia and Concesio {Italy} 2009
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Sonia
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Re: Pope Benedict XVI Apostolic visit to Brescia {Italy} 200

Postby Sonia » Mon Sep 29, 2014 10:29 pm

VISITA PASTORAL A BRESCIA Y CONCESIO

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Atrio de la catedral de Brescia
Domingo 8 de noviembre de 2009


Queridos hermanos y hermanas:

Es grande mi alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía aquí, en el corazón de la diócesis de Brescia, donde nació y recibió su formación juvenil el siervo de Dios Giovanni Battista Montini, Papa Pablo VI. Os saludo a todos con afecto y os agradezco vuestra cordial acogida. Doy las gracias en particular al obispo, monseñor Luciano Monari, por las palabras que me ha dirigido al inicio de la celebración, y con él saludo a los cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y los diáconos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los agentes pastorales. Doy las gracias al alcalde por sus palabras y su regalo, y a las demás autoridades civiles y militares. Dirijo un saludo especial a los enfermos que se encuentran dentro de la catedral.

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: "el óbolo de la viuda" es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla ese episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y el corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo, vinculado al cumplimiento de su misterio mismo, el misterio de su muerte y resurrección, en la que él mismo se convierte en el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.

El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en ese contexto y nos lleva, a través de la mirada de Jesús, a fijar la atención en un detalle que se puede escapar pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos moneditas. También a nosotros Jesús nos dice, como en aquel día a los discípulos: ¡Prestad atención! Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las "piedras vivas" de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma.

Queridos amigos, a partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, del templo vivo de Dios, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran Papa Pablo VI, que consagró a la Iglesia toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido "una sola vez", para salvar al mundo entero (cf. Hb 9, 26.28), porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega totalmente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.

Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su "Meditación ante la muerte", donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. "Puedo decir —escribe— que siempre la he amado... y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese". Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: "Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría —continúa el Papa— abrazarla, saludarla, amarla en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla". Y a ella le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda la vida: "Y, ¿qué diré a la Iglesia, a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de agosto de 1979, p. 12).

¿Qué se puede añadir a palabras tan elevadas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia "pobre y libre", que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para que logre hablar a la humanidad contemporánea. En todas las etapas de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, Giovanni Battista Montini se interesó de modo muy especial por el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarse con ella, el hombre contemporáneo pudiera encontrarse con Jesús, porque de él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del Papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quiso exponer de forma programática algunos de sus aspectos más importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.

Con aquella primera encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de entablar entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). "Conciencia", "renovación", "diálogo": estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus "pensamientos" dominantes —como él los define— al comenzar su ministerio petrino, y las tres se refieren a la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que profundice la conciencia de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando el modelo que es Cristo; y, por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cf. ib., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos —y me dirijo de modo especial a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio—, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy absolutamente central? Más aún, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y de la globalización han radicalizado aún más esta cuestión, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. "El misterio de la Iglesia —leemos en la encíclica Ecclesiam suam— no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia" (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es "el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano" (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.

Queridos hermanos, ¡qué don tan inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y ¡qué alentador es cada vez aprender de su ejemplo! Es una lección que afecta a todos y compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este Año sacerdotal me complace subrayar que esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclica sobre el celibato sacerdotal escribió: ""Apresado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno Sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella. (...) La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión" (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí bien representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del posconcilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: "Muchos —dijo— esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad... No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración" (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Queridos hermanos, que los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Giovanni Battista Montini os guíen siempre, y que interceda por vosotros san Arcángel Tadini, a quien acabo de venerar en mi breve visita a Botticino.

Al saludar y alentar a los sacerdotes, no puedo olvidar, especialmente aquí, en Brescia, a los fieles laicos, que en esta tierra han demostrado una extraordinaria vitalidad de fe y de obras, en los diferentes campos del apostolado asociado y del compromiso social. En las "Enseñanzas" de Pablo VI, queridos amigos de Brescia, podéis encontrar indicaciones siempre valiosas para afrontar los desafíos actuales, sobre todo la crisis económica, la inmigración y la educación de los jóvenes. Al mismo tiempo, el Papa Montini no perdía ocasión para subrayar el primado de la dimensión contemplativa, es decir, el primado de Dios en la experiencia humana. Por ello, no se cansaba nunca de promover la vida consagrada, en la variedad de sus aspectos. Él amó intensamente la multiforme belleza de la Iglesia, reconociendo en ella el reflejo de la infinita belleza de Dios, que se trasparenta en el rostro de Cristo.

Oremos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del concilio ecuménico Vaticano ii, Madre de la Iglesia. Amén.

VISITE PASTORALE À BRESCIA ET CONCESIO (ITALIE)

CONCÉLÉBRATION EUCHARISTIQUE

HOMÉLIE DU PAPE BENOÎT XVI

Place Paul VI - Brescia
Dimanche 8 novembre 2009


Chers frères et sœurs!

C'est pour moi une grande joie de pouvoir partager avec vous le pain de la Parole de Dieu et de l'Eucharistie ici, au cœur du diocèse de Brescia, où le serviteur de Dieu Giovanni Battista Montini, le Pape Paul VI, naquit et reçut sa formation de jeunesse. Je vous salue tous avec affection et je vous remercie pour votre accueil chaleureux! Je remercie en particulier l'évêque, Mgr Luciano Monari, des paroles qu'il m'a adressées au début de la célébration, et avec lui, je salue les cardinaux, les évêques, les prêtres et les diacres, les religieux et les religieuses, et tous les agents de la pastorale. Je remercie le maire de ses paroles et de son don, ainsi que les autres autorités civiles et militaires. J'adresse une pensée particulière aux malades qui se trouvent dans la cathédrale.

Au centre de la Liturgie de la Parole de ce dimanche - le XXXII du temps ordinaire - nous trouvons le personnage de la veuve pauvre, ou, plus exactement, nous trouvons le geste qu'elle accomplit en jetant dans le trésor du Temple les dernières pièces qui lui restent. Un geste qui, grâce au regard attentif de Jésus, est devenu proverbial: "l'obole de la veuve", est en effet synonyme de la générosité de celui qui donne sans réserve le peu qu'il possède. Mais tout d'abord, je voudrais souligner l'importance du milieu où se déroule cet épisode évangélique, à savoir le Temple de Jérusalem, centre religieux du peuple d'Israël et cœur de toute sa vie. Le Temple est le lieu du culte public et solennel, mais aussi du pèlerinage, des rites traditionnels et des disputes rabbiniques, comme celles rapportées dans l'Evangile entre Jésus et les rabbins de l'époque, dans lesquelles, toutefois, Jésus enseigne avec une autorité particulière, celle de Fils de Dieu. Il prononce des jugements sévères - comme nous l'avons entendu - à l'égard des scribes, en raison de leur hypocrisie: en effet, tout en affichant avec ostentation une grande religiosité, ils exploitent les pauvres gens en imposant des obligations qu'eux-mêmes n'observent pas. Jésus démontre donc une grande affection pour le Temple comme maison de prière, mais c'est précisément pour cette raison qu'il veut le purifier des usages impropres, et plus encore, veut en révéler la signification plus profonde, liée à l'accomplissement du Mystère lui-même, le Mystère de sa mort et résurrection, dans laquelle Il devient lui-même le Temple nouveau et définitif, le lieu où se rencontrent Dieu et l'homme, le Créateur et Sa créature.

L'épisode de l'obole de la veuve s'inscrit dans ce contexte et nous conduit, à travers le regard même de Jésus, à fixer notre attention sur un détail fuyant, mais décisif: le geste d'une veuve, très pauvre, qui jette dans le trésor du Temple deux petites pièces de monnaie. A nous aussi, comme ce jour-là aux disciples, Jésus dit: Faites attention! Regardez bien ce que fait cette veuve, parce que son action renferme un grand enseignement; celui-ci en effet, exprime la caractéristique fondamentale de ceux qui sont les "pierres vivantes" de ce nouveau Temple, c'est-à-dire le don total de soi au Seigneur et à son prochain; la veuve de l'Evangile, comme celle de l'Ancien Testament, offre tout, s'offre elle-même, et se met entre les mains de Dieu, pour les autres. Telle est la signification éternelle de l'offrande de la veuve pauvre, que Jésus exalte parce qu'elle a offert davantage que les riches, qui n'ont donné qu'une partie de leur superflu, tandis qu'elle a offert tout ce qu'elle avait pour vivre (cf. Mt 12, 44), et s'est ainsi donnée elle-même.

Chers amis! A partir de cette icône évangélique, je souhaite méditer brièvement sur le mystère de l'Eglise, du Temple vivant de Dieu, et rendre ainsi hommage à la mémoire du grand Pape Paul vi, qui a consacré toute sa vie à l'Eglise. L'Eglise est un organisme spirituel concret, qui prolonge dans l'espace et dans le temps l'oblation du Fils de Dieu, un sacrifice apparemment insignifiant par rapport aux dimensions du monde et de l'histoire, mais décisif aux yeux de Dieu. Comme le dit la Lettre aux Hébreux - également dans le texte que nous avons écouté - le sacrifice de Jésus, offert "une seule fois", a suffi à Dieu pour sauver le monde entier (cf. He 9, 26.28), parce qu'en cette unique oblation est concentrée tout l'Amour du Fils de Dieu qui s'est fait homme, comme dans le geste de la veuve est concentré tout l'amour de cette femme pour Dieu et pour ses frères: il ne manque rien et rien ne pourrait y être ajouté. L'Eglise, qui naît sans cesse de l'Eucharistie, du don de soi de Jésus, est la continuation de ce don, de cette surabondance qui s'exprime dans la pauvreté, du tout qui s'offre dans un fragment. C'est le Corps du Christ qui se donne entièrement, Corps fractionné et partagé, dans une adhésion constante à la volonté de son Chef. Je suis heureux que vous approfondissiez actuellement la nature eucharistique de l'Eglise, guidés par la Lettre pastorale de votre évêque.

Voilà l'Eglise que le serviteur de Dieu Paul vi a aimée d'un amour passionné et qu'il a cherché de toutes ses forces à faire comprendre et aimer. Relisons ses Pensées sur la mort, au moment où, en conclusion, il parle de l'Eglise. "Je pourrais dire - écrit-il - que je l'ai toujours aimée... et que c'est pour elle, et pour rien d'autre, qu'il me semble avoir vécu. Mais je voudrais que l'Eglise le sache". Ce sont les accents d'un cœur qui bat, et il poursuit ainsi: "Je voudrais enfin la comprendre tout entière, dans son histoire, dans son dessein divin, dans son destin final, dans sa composition complexe, totale et unitaire, dans sa consistance humaine et imparfaite, dans ses tragédies et ses souffrances, dans ses faiblesses et dans les malheurs de tant de ses fils, dans ses aspects les moins sympathiques, et dans son effort constant de fidélité, d'amour, de perfection et de charité. Corps mystique du Christ. Je voudrais - continue le Pape - l'embrasser, la saluer, l'aimer, dans tous les êtres qui la composent, dans chaque évêque et prêtre qui l'assiste et la guide, dans toutes les âmes qui la vivent et l'illustrent; la bénir". Et ses derniers mots sont pour elle, comme à l'épouse de toute une vie: "Et à l'Eglise, à laquelle je dois tout et qui fut mienne, que dirai-je? Que les bénédictions de Dieu soient sur toi; aie conscience de ta nature et de ta mission; aie le sens des besoins véritables et profonds de l'humanité; et marche dans la pauvreté, c'est-à-dire dans la liberté, dans la force et l'amour pour le Christ".

Que peut-on ajouter à des paroles aussi élevées et intenses? Je voudrais seulement souligner cette dernière vision de l'Eglise "pauvre et libre", qui rappelle la figure évangélique de la veuve. C'est ainsi que doit être la communauté ecclésiale, pour réussir à parler à l'humanité contemporaine. La rencontre et le dialogue de l'Eglise avec l'humanité de notre temps étaient particulièrement chers à Giovanni Battista Montini à toutes les époques de sa vie, depuis les premières années du sacerdoce jusqu'à son pontificat. Il a consacré toutes ses énergies au service d'une Eglise le plus possible conforme à son Seigneur Jésus Christ, de façon à ce que, en la rencontrant, l'homme contemporain puisse rencontrer le Christ, car il a un besoin absolu de Lui. Telle est l'aspiration de fond du Concile Vatican II, à laquelle correspond la réflexion du Pape Paul VI sur l'Eglise. Il voulut en exposer sous forme de programme plusieurs points importants dans sa première encyclique Ecclesiam suam, du 6 août 1964, alors que n'avaient pas encore vu le jour les Constitutions conciliaires Lumen gentium et Gaudium et spes.

Avec cette première encyclique, le Pape se proposait d'expliquer à tous l'importance de l'Eglise pour le salut de l'humanité et, dans le même temps, l'exigence que s'établisse une relation de connaissance mutuelle et d'amour entre la communauté ecclésiale et la société (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). "Conscience", "renouveau", "dialogue": voilà les trois paroles choisies par Paul vi pour exprimer ses "pensées" dominantes - comme il les définit - au début du ministère pétrinien, et toutes les trois concernent l'Eglise. Tout d'abord, l'exigence que celle-ci approfondisse la conscience d'elle-même: origine, nature, mission, destin final; en deuxième lieu, son besoin de se renouveler et de se purifier en regardant le modèle qui est le Christ; enfin, le problème de ses relations avec le monde moderne (cf. ibid., pp. 203-205, nn. 166-168). Chers amis - et je m'adresse de manière particulière à mes frères dans l'épiscopat et dans le sacerdoce - , comment ne pas voir que la question de l'Eglise, de sa nécessité dans le dessein de salut et de sa relation avec le monde, demeure aujourd'hui aussi absolument centrale? Que les développements de la sécularisation et de la mondialisation l'ont même rendue encore plus radicale, dans la confrontation avec l'oubli de Dieu, d'une part, et avec les religions non-chrétiennes, de l'autre? La réflexion du Pape Montini sur l'Eglise est plus que jamais actuelle; et l'exemple de son amour pour elle, inséparable de celui pour le Christ, est encore plus précieux. "Le mystère de l'Eglise - lisons-nous toujours dans l'encyclique Ecclesiam suam - n'est pas un simple objet de connaissance théologique, il doit être un fait vécu duquel, avant même d'en avoir une notion claire, l'âme fidèle peut avoir comme une expérience connaturelle" (ibid., p. 229, n. 178). Cela présuppose une vie intérieure robuste, qui est - ainsi poursuit le Pape - "la source principale de la spiritualité de l'Eglise, sa manière propre de recevoir les irradiations de l'Esprit du Christ, expression radicale et irremplaçable de son activité religieuse et sociale, inviolable défense et énergie nouvelle dans son difficile contact avec le monde profane" (ibid., p. 231, n. 179). C'est précisément le chrétien ouvert, l'Eglise ouverte au monde qui ont besoin d'une robuste vie intérieure.

Très chers amis, quel don inestimable pour l'Eglise que la leçon du serviteur de Dieu Paul VI! Et comme il est enthousiasmant de se remettre à chaque fois à son école! C'est une leçon qui concerne chacun et qui engage tous, selon les divers dons et ministères dont le Peuple de Dieu est riche, par l'action de l'Esprit Saint. En cette Année sacerdotale, j'ai plaisir à souligner que celle-ci concerne et fait participer de manière particulière les prêtres, auxquels le Pape Montini réserva toujours une affection et une sollicitude particulières. Dans l'encyclique sur le célibat sacerdotal, il écrivit: ""Saisi par le Christ Jésus" (Ph 3, 12) jusqu'à s'abandonner totalement à Lui, le prêtre se configure plus parfaitement au Christ également dans l'amour avec lequel le Prêtre éternel a aimé l'Eglise son Corps, s'offrant tout entier pour elle... La virginité consacrée des ministres sacrés manifeste en effet l'amour virginal du Christ pour l'Eglise et la fécondité virginale et surnaturelle de cette union" (Sacerdotalis caelibatus,, n. 26). Je dédie ces paroles du grand Pape aux nombreux prêtres du diocèse de Brescia, ici bien représentés, ainsi qu'aux jeunes qui se forment au séminaire. Et je voudrais également rappeler les paroles que Paul vi adressa aux élèves du séminaire lombard le 7 décembre 1968, alors que les difficultés de l'après-Concile s'ajoutaient aux ferments du monde des jeunes: "De nombreuses personnes - dit-il - attendent du Pape des gestes éclatants, des interventions énergiques et décisives. Le Pape considère ne devoir suivre aucune autre ligne que celle de la confiance en Jésus Christ, qui a son Eglise plus à cœur que quiconque. Ce sera lui qui calmera la tempête... Il ne s'agit pas d'une attente stérile: mais d'une attente vigilante dans la prière. C'est la condition que Jésus a choisie pour nous, afin qu'Il puisse opérer en plénitude. Le Pape a lui aussi besoin d'être aidé par la prière" (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Chers frères, que les exemples sacerdotaux du serviteur de Dieu Giovanni Battista Montini vous guident toujours, et que saint Arcangelo Tadini, que je viens de vénérer lors de la brève halte à Botticino, intercède pour vous.

Alors que je salue et que j'encourage les prêtres, je ne peux oublier, en particulier ici à Brescia, les fidèles laïcs, qui sur cette terre ont fait preuve d'une extraordinaire vitalité de foi et d'œuvres, dans les divers domaines de l'apostolat associé et de l'engagement social. Chers amis Brescians, dans les Enseignements de Paul VI, vous pouvez trouver des indications toujours précieuses pour affronter les défis du présent, tels que, en particulier, la crise économique, l'immigration, l'éducation des jeunes. Dans le même temps, le Pape Montini ne perdait jamais une occasion de souligner le primat de la dimension contemplative, c'est-à-dire le primat de Dieu dans l'expérience humaine. C'est pourquoi il ne se lassait jamais de promouvoir la vie consacrée, dans la variété de ses aspects. Il aima intensément la beauté multiforme de l'Eglise, en y reconnaissant le reflet de la beauté infinie de Dieu, qui transparaît sur le visage du Christ.

Nous prions afin que la splendeur de la beauté divine resplendisse dans chacune de nos communautés et que l'Eglise soit un signe lumineux d'espérance pour l'humanité du troisième millénaire. Que Marie, que Paul VI voulut proclamer, à la fin du Concile œcuménique Vatican II, Mère de l'Eglise, obtienne cette grâce pour nous. Amen!


VISITA PASTORAL A BRESCIA E CONCESIO

CONCELEBRAÇÃO EUCARÍSTICA

HOMILIA DO PAPA BENTO XVI

Praça Paulo VI - Bréscia
Domingo, 8 de Novembro de 2009



Amados irmãos e irmãs!

É grande a minha alegria por poder repartir convosco o pão da Palavra de Deus e da Eucaristia, aqui, no coração da Diocese de Bréscia, onde nasceu e teve a formação juvenil o Servo de Deus João Baptista Montini, Papa Paulo VI. Saúdo-vos a todos com afecto e agradeço-vos o vosso caloroso acolhimento! Agradeço em particular ao Bispo, D. Luciano Monari, as expressões que me dirigiu no início da celebração, e com ele saúdo os Cardeais, os Bispos, os sacerdotes e os diáconos, os religiosos e as religiosas, e todos os agentes pastorais. Agradeço ao Presidente da Câmara Municipal as suas palavras e o seu dom, e às demais Autoridades civis e militares. Dirijo um pensamento especial aos doentes que se encontram dentro da Catedral.

No centro da Liturgia da Palavra deste domingo – o 32º do Tempo Comum – encontramos a personagem da viúva pobre ou, mais precisamente, encontramos o gesto que ela realiza lançando no tesouro do Templo as últimas moedas que lhe restam. Um gesto que, graças ao olhar atento de Jesus, se tornou proverbial: "o óbolo da viúva", de facto, é sinónimo da generosidade de quem dá sem hesitações o pouco que possui. Mas ainda antes, gostaria de ressaltar a importância do ambiente no qual se desenvolve este episódio evangélico, ou seja, o Templo de Jerusalém, centro religioso do povo de Israel e coração de toda a sua vida. O Templo é o lugar do culto público e solene, mas também da peregrinação, dos ritos tradicionais, e das disputas rabínicas, como as que são mencionadas no Evangelho entre Jesus e os rabinos daquele tempo, nas quais, contudo, Jesus ensina com uma singular autoridade, a do Filho de Deus. Ele pronuncia juízos severos – como ouvimos – em relação aos escribas, devido à sua hipocrisia: de facto, eles, ao mesmo tempo que ostentavam grande religiosidade, exploravam as pessoas simples impondo obrigações que eles mesmos não cumpriam. Jesus demonstra-se afeiçoado ao Templo como casa de oração, mas precisamente por isto quer purificá-lo de usos impróprios, aliás, quer revelar o seu significado mais profundo, ligado ao cumprimento do seu próprio Mistério, o Mistério da Sua morte e ressurreição, na qual Ele mesmo se torna o Templo novo e definitivo, o lugar no qual se encontram Deus e o homem, o Criador e a Sua criatura.

O episódio do óbolo da viúva inscreve-se neste contexto e conduz-nos, através do próprio olhar de Jesus, a fixar a atenção sobre um pormenor fugaz mas decisivo: o gesto de uma viúva, muito pobre, que lança no tesouro do Templo duas moedas. Também a nós, como naquele dia aos discípulos, Jesus diz: Observai! Olhai bem o que faz aquela viúva, porque o seu acto contém um grande ensinamento; ele, de facto, exprime a característica fundamental de quantos são as "pedras vivas" deste novo Templo, isto é, o dom completo de si ao Senhor e ao próximo; a viúva do Evangelho, como também a do Antigo Testamento, dá tudo, dá-se a si mesma, e entrega-se nas mãos de Deus, pelos outros. É este o significado perene da oferta da viúva pobre, que Jesus exalta porque deu mais do que os ricos, os quais oferecem parte do que lhe é supérfluo, enquanto ela dá tudo o que tem para viver (cf. Mc 12, 44), e assim entregou-se a si mesma.

Queridos amigos! A partir deste ícone evangélico, desejo meditar brevemente sobre o mistério da Igreja, do Templo vivo de Deus, e assim prestar homenagem à memória do grande Papa Paulo VI, que consagrou toda a sua vida à Igreja. A Igreja é um organismo espiritual concreto que prolonga no espaço a oblação do Filho de Deus, um sacrifício aparentemente insignificante em relação às dimensões do mundo e da história, mas decisivo aos olhos de Deus. Como diz a Carta aos Hebreus – também no texto que acabamos de ouvir – a Deus bastou o sacrifício de Jesus, oferecido "de uma vez para sempre", para salvar o mundo inteiro (cf. Hb 9, 26.28), porque naquela única oblação está condensado todo o Amor do Filho de Deus que se fez homem, como no gesto da viúva está concentrado todo o amor daquela mulher por Deus e pelos irmãos: nada falta e nada se poderia acrescentar. A Igreja, que incessantemente nasce da Eucaristia, da autodoação de Jesus, é a continuação deste dom, desta superabundância que se exprime na pobreza, do tudo que se oferece no fragmento. É o Corpo de Cristo que se doa totalmente, Corpo partido e compartilhado, em constante adesão à vontade da sua Cabeça. Sinto-me feliz por que estais a aprofundar a natureza eucarística da Igreja, guiados pela Carta pastoral do vosso Bispo.

É esta a Igreja que o Servo de Deus Paulo VI amou com um amor apaixonado e procurou, com todas as suas forças, fazer compreender e amar. Releiamos o seu Pensamento à morte, onde, na parte conclusiva, fala da Igreja. "Poderia dizer – escreve – que sempre a amei... e que por ela, e não por outras coisas, me parece ter vivido. Mas gostaria que a Igreja o soubesse". São os tons de um coração palpitante, que assim prossegue: "Finalmente, gostaria de a compreender toda, na sua história, no seu desígnio divino, no seu destino final, na sua complexa, total e unitária composição, na sua humana e imperfeita consistência, nas suas desventuras e nos seus sofrimentos, nas debilidades e nas misérias de muitos seus filhos, nos seus aspectos menos simpáticos, e no seu esforço perene de fidelidade, de amor, de perfeição e de caridade. Corpo místico de Cristo. Gostaria de a abraçar – continua o Papa – de a saudar, amar, em cada ser que a compõe, em cada Bispo e sacerdote que a assiste e guia, em cada alma que a vive e ilustra; abençoá-la". E as últimas palavras são para ela, como para a esposa de toda a vida: "E à Igreja, à qual tudo devo e que foi minha, que direi? As bênçãos de Deus estejam acima de ti; tem consciência da tua natureza e da tua missão; tem o sentido das necessidades verdadeiras e profundas da humanidade; e caminha pobre, isto é, livre, forte e amorosa rumo a Cristo".

O que se pode acrescentar a palavras tão nobres e intensas? Gostaria de ressaltar apenas a última visão da Igreja "pobre e livre", que a figura evangélica da viúva evoca. Deve ser assim a Comunidade eclesial, para conseguir falar à humanidade contemporânea. O encontro e o diálogo da Igreja com a humanidade deste nosso tempo eram uma preocupação especial de João Baptista Montini em todas as épocas da sua vida, desde os primeiros anos de sacerdócio até ao Pontificado. Ele dedicou todas as suas energias ao serviço de uma Igreja o mais possível conforme com o seu Senhor Jesus Cristo, de modo que, encontrando-a, o homem contemporâneo possa encontrar a Ele, Cristo, porque tem absoluta necessidade d'Ele. É este o anseio profundo do Concílio Vaticano II, ao qual corresponde a reflexão do Papa Paulo VI sobre a Igreja. Ele quis expor programaticamente alguns dos seus aspectos salientes na sua primeira encíclica, Ecclesiam suam, de 6 de Agosto de 1964, quando ainda não tinham sido publicadas as Constituições conciliares Lumen gentium e Gaudium et spes.

Com aquela primeira encíclica o Pontífice propunha-se explicar a todos a importância da Igreja para a salvação da humanidade e, ao mesmo tempo, a exigência de que se estabeleça uma relação de conhecimento mútuo e de amor entre a Comunidade eclesial e a sociedade (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). "Consciência", "renovação", "diálogo": são estas as três palavras escolhidas por Paulo VI para expressar os seus "pensamentos" dominantes – como ele define – no início do ministério petrino, e as três referem-se à Igreja. Antes de tudo, a exigência que ela aprofunde a consciência de si mesma: origem, natureza, missão, destino final; em segundo lugar, a sua necessidade de se renovar e purificar olhando para o modelo que é Cristo; por fim, o problema das suas relações com o mundo moderno (cf. ibid., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos – e dirijo-me de modo especial aos Irmãos no Episcopado e no Sacerdócio – como não ver que a questão da Igreja, da sua necessidade no desígnio de salvação e da sua relação com o mundo, permanece também hoje absolutamente central? Aliás, que os progressos da secularização e da globalização a tornaram ainda mais radical, por um lado, no confronto com o esquecimento de Deus e, por outro, com as religiões não cristãs? A reflexão do Papa Montini sobre a Igreja é muito actual; e ainda mais precioso é o exemplo do seu amor por ela, inseparável do amor a Cristo. "O mistério da Igreja – lemos sempre na encíclica Ecclesiam suam – não é simples objecto de conhecimento teológico, deve ser um facto vivido, no qual ainda antes de uma sua clara noção a alma fiel pode ter quase uma experiência inata" (ibid., p. 229, n. 178). Isto pressupõe uma robusta vida interior, que é assim– prossegue o Papa – a "grande nascente da espiritualidade da Igreja, seu modo próprio de receber as irradiações do Espírito de Cristo, expressão radical e insubstituível da sua actividade religiosa e social, inviolável defesa e renascente energia no seu difícil contacto com o mundo profano" (ibid., p. 231, n. 179). Precisamente o cristão aberto, a Igreja aberta ao mundo precisam de uma robusta vida interior.

Caríssimos, que dom inestimável para a Igreja a lição do Servo de Deus Paulo VI! E como é entusiasmante colocar-se sempre de novo na sua escola! É uma lição que diz respeito a todos e a todos compromete, segundo os diversos dons e ministérios de que é rico o Povo de Deus, pela acção do Espírito Santo. Neste Ano Sacerdotal apraz-me ressaltar como ela interesse e diga respeito em particular aos sacerdotes, aos quais o Papa Montini destinou sempre um afecto e uma solicitude especiais. Na encíclica sobre o celibato sacerdotal ele escreveu: ""Conquistado por Jesus Cristo" (Fl 3, 12) até ao abandono total de si mesmo a Ele, o sacerdote configura-se mais perfeitamente com Cristo também no amor com o qual o eterno Sacerdote amou a Igreja, seu corpo, oferecendo-se totalmente por ela... A virgindade consagrada dos ministros sagrados manifesta de facto o amor virginal de Cristo pela Igreja e a fecundidade virginal e sobrenatural desta união" (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palavras do grande Papa aos numerosos sacerdotes da Diocese de Bréscia, aqui bem representados, assim como aos jovens que se estão a formar no Seminário. E gostaria de recordar também as que Paulo VI dirigiu aos alunos do Seminário Lombardo a 7 de Dezembro de 1968, quando as dificuldades do pós-Concílio se somavam aos fermentos do mundo juvenil: "Tantos – disse – esperam do Papa gestos clamorosos, intervenções enérgicas e decisivas. O Papa considera que não deve seguir outra linha a não ser a da confiança em Jesus Cristo, ao qual interessa a sua Igreja mais do que a qualquer outro. Será Ele quem aplaca a tempestade... Não se trata de uma expectativa estéril ou inerte: mas de uma espera vigilante na oração. Esta é a condição que Jesus escolheu para nós, para que Ele possa agir em plenitude. Também o Papa precisa de ser ajudado com a oração" (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Amados irmãos, os exemplos sacerdotais do Servo de Deus João Baptista Montini vos guiem sempre, e interceda por vós Santo Arcangelo Tadini, que há pouco venerei na breve paragem em Botticino.

Ao saudar e ao encorajar os sacerdotes, não posso esquecer, especialmente aqui em Bréscia, os fiéis leigos, que nesta terra demonstraram extraordinária vitalidade de fé e de obras, nos vários campos do apostolado associado e do compromisso social. Nos Insegnamenti de Paulo VI, queridos amigos brescianos, podeis encontrar indicações sempre preciosas para enfrentar os desafios do presente, sobretudo, como a crise económica, a imigração, a educação dos jovens. Ao mesmo tempo, o Papa Montini não perdia ocasião alguma para ressaltar a primazia da dimensão contemplativa, isto é, a primazia de Deus na experiência humana. E por isso não se cansava de promover a vida consagrada, na variedade dos seus aspectos. Ele amou intensamente a multiforme beleza da Igreja, reconhecendo nela o reflexo da beleza infinita de Deus, que transparece no rosto de Cristo.

Rezemos para que o esplendor da beleza divina resplandeça em cada uma das nossas comunidades e a Igreja seja sempre sinal luminoso de esperança para a humanidade do terceiro milénio. Obtenha-nos esta graça Maria, que Paulo VI quis proclamar, no final do Concílio Ecuménico Vaticano II, Mãe da Igreja. Amém!
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